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Chile. 11 de septiembre:
No pudo el humo sobre La Moneda
ocultar la luz que allí latía.
Pertrechadas jaurías asaltaron la Casa
persiguiendo al hombre con la rosa empuñada.
Echaron a correr la peste, el homicidio, la tortura.
Incrustaron tanta bala en el Palacio de Gobierno
que de los escombros brotaron
metales ensangrentados con la savia de Chile acribillada.
América se duele, el mundo se consterna: han comenzado
a desaparecer la rosa y el canto por Santiago.
Septiembre llega con hilachas de brote, se derrama
en las calles entre espejos de azafrán y herramientas rotas.
El compañero presidente resiste.
La horda en los pasillos cañón en mano, masacrando,
masacrando en sindicatos y en escuelas masacrando.
En el Estadio Nacional las manos de Chile separadas
del brazo en alto y el sudor de la frente.
La piara genocida bajo órdenes de chacal con voz de pito
y sueños de virrey es vitoreada desde los brillantes salones.
Repugnante títere de Mister Henry Kissinger
empleado de la Sam's Busines & CIA.
Esperando su hueso el can de colmillo prestado, ostenta
sus medallas de alcahuete en la puerta trasera de la embassy.
En La Moneda estalló centímetro a centímetro la granada.
El compañero presidente resiste.
Bajo metralletas y tanques y revólveres y bombas,
bajo la ignominia imperialista y tras su muerte
sin muerte, el compañero presidente y su pueblo resiste.
Resiste.
Ay dura tristeza que se extiende lenta sobre las décadas,
años de memoria insepulta, utopía nunca derrotada.
El compañero presidente resiste.
Resiste.
Resiste, en cada uno de nosotros
El compañero presidente.
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